Hay procesiones que se anuncian con cornetas, otras con aplausos… y algunas, como La Soledad, se anuncian casi sin hacer ruido.
La madrugada del Viernes Santo al Sábado Santo volvió a dejar en Martos una de las estampas más íntimas, delicadas y personales de toda su Semana Santa, con la salida de la Seráfica Cofradía de María Santísima de la Soledad desde el Monasterio de las RR.MM. Trinitarias.
Pasada la medianoche, la ciudad ya había cambiado por completo de registro. Las calles, más calladas. El ambiente, más sereno. Y en ese escenario apareció María Santísima de la Soledad, avanzando con la elegancia y la sobriedad que definen a esta corporación y a una de las advocaciones marianas más especiales de la ciudad.
La Virgen volvió a dejar una imagen de enorme belleza, arropada por la oscuridad de la madrugada y por ese recogimiento tan propio de su estación de penitencia. Su caminar, pausado y profundamente expresivo, fue llenando de emoción cada rincón del recorrido.
Este año, además, Nuestra Madre lucía con renovado esplendor gracias a uno de los estrenos más significativos de la jornada: un nuevo pecherín bordado en oro entrefino, realizado por el maestro Don Juan Armenteros Chica y donado de forma anónima.
La pieza, de una elegancia sobria y delicada, fue concebida expresamente para abrazar y realzar el corazón de plata que porta la imagen, convirtiéndolo en el eje visual del conjunto. Las filigranas doradas sobre el terciopelo negro aportaban una riqueza serena, muy en consonancia con la personalidad de la cofradía y con el carácter de la propia advocación.
Un estreno que no solo enriquecía el ajuar de la Virgen, sino que añadía aún más fuerza estética y devocional a una imagen ya de por sí profundamente conmovedora.
El discurrir de la procesión por calles como Real de San Fernando, Plaza de la Constitución, La Fuente, Las Huertas, San Francisco, La Campiña o San Bartolomé dejó momentos de enorme belleza, especialmente en esos tramos donde la noche parece detenerse por completo.
Y como es propio de esta corporación, el sonido seco y profundo del tambor ronco volvió a marcar el pulso de la madrugada, acompañando con austeridad el caminar de la Virgen y envolviendo el recorrido en una atmósfera difícil de explicar si no se vive en la calle.
Uno de los detalles más singulares de esta estación de penitencia sigue siendo, además, el tradicional acto de quema de las cruces, una costumbre que aporta aún más simbolismo a una procesión ya cargada de significado.
Desde MartosDirecto, os dejamos esta galería de imágenes.
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