El latido de Martos en el camino del Nazareno

El alba del Viernes Santo amaneció radiante, casi como si el cielo mismo quisiera rendir homenaje a una de las jornadas más sentidas y esperadas de la Semana Santa marteña. En esta mañana esplendorosa, las cofradías de Nuestro Padre Jesús Nazareno, María Santísima de los Dolores y María Magdalena, junto a la Cofradía de San Juan Evangelista y Santa María Magdalena, ofrecieron un recorrido cargado de simbolismo, belleza y una profunda devoción.

A las 9:15 de la mañana, se abrieron las puertas de la Real Parroquia de Santa Marta, y con ellas, se desató una marea morada que inundó las calles del casco histórico. Era la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, una de las más veneradas de la Semana Santa marteña, quien salía entre nubes de incienso, acompañado de nazarenos con la cruz al hombro.

Este año, la emoción se multiplicó: un miembro de la Agrupación Musical Maestro Soler tuvo el honor de portar la cruz de guía, precedido por el estandarte de la banda. Todo ello tras el anuncio oficial que confirma a la agrupación como Hermanos Mayores Honorarios de la cofradía en el año 2027. Un reconocimiento que ha llenado de orgullo y alegría a todos sus integrantes y simpatizantes, y que se sintió en cada nota interpretada durante la procesión.

Uno de los momentos más sobrecogedores se vivió cuando los primeros rayos de sol acariciaban la Plazoleta de la Constitución, y con ellos, el inconfundible sonido de la trompeta de Juanillón se hizo presente. Con sus dos varas y media de longitud —más de dos metros—, este histórico instrumento de latón, portado por tres personas, es uno de los símbolos sonoros más antiguos y característicos del Viernes Santo marteño. Su actual trompetero, Antonio Izquierdo, la hace sonar desde el Mirador de la Virgen de la Villa o la Torre del Homenaje, recordándonos que estamos en tiempo de fe.

Tras el Nazareno, el segundo paso en salir fue el de María Magdalena, perteneciente a la Cofradía de San Juan Evangelista y María Magdalena. Con una belleza conmovedora, la santa miraba suplicante al cielo, su rostro reflejando la dulzura y el dolor del momento. Le siguió San Juan Evangelista, con su inconfundible palma, símbolo mariano entregado por la Virgen al apóstol en su lecho de muerte como defensa ante el mal y su gesto de señalar al cielo como una guía hacia el Salvador, “el Camino”.

La procesión culminó con la salida de María Santísima de los Dolores, vestida de estreno. Este año, la imagen lucía una saya donada por la familia Luque Martos, confeccionada con mimo y devoción, así como un estandarte nuevo, ofrecido por varias familias en muestra de su amor y fe. A todo ello se sumaban dos jarras, dos violeteras y una entrecalle de la Virgen del Carmen en plata, realzando aún más la majestuosidad del conjunto procesional. Las flores de cera completaban la estética con delicadeza y solemnidad.

El momento culmen se vivió en la Fuente Nueva, cuando el sol ya bañaba con plenitud. Allí, una multitud emocionada se agolpaba con el corazón en vilo, recibiendo a los pasos entre aplausos, lágrimas y miradas al cielo. El aire se llenó de un silencio denso, apenas roto por los sones solemnes de las bandas y el murmullo de oraciones entrecortadas por la emoción.

Pero más allá del recogimiento, lo que se respiraba en ese instante era alegría y esperanza. Alegría por compartir, por sentir, por revivir juntos una tradición centenaria. Esperanza en el mensaje de redención que cada imagen encarna. Fue entonces cuando los pasos se giraron con solemnidad hacia la Puerta de San Francisco, en un gesto de reverencia profunda al Santísimo expuesto, y allí ocurrió el milagro de lo sencillo: un pueblo unido en fe, vibrando al unísono, sintiendo que en medio de la Pasión, también hay luz, promesa y vida renovada.

Una escena que no solo eriza la piel, sino que ensancha el alma, y que quedará grabada para siempre en la memoria colectiva de quienes tuvieron el privilegio de vivirla.

📸 Fotografías: Fran Lorenzo