El Santo Entierro tiñe de luto las calles de Martos

En un atardecer gris, en el que el cielo parecía contener el llanto, Martos se vistió de luto para acompañar al Cristo Yacente en su último camino por las calles del casco histórico. La Cofradía del Santo Entierro protagonizó una de las procesiones más conmovedoras de la Semana Santa marteña, uniendo a todo un pueblo en el silencio.

Horas antes de salir, la cofradía compartía un mensaje que no pasó desapercibido:

“Y así lo ha querido el Señor.

Gracias a la Seráfica Hermandad de la Soledad.

Gracias a la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

Gracias a la Cofradía de San Juan Evangelista y María Magdalena

por ayudarnos en el incidente que hemos tenido horas antes de la salida.

Esta tulipa distintiva va a recordarnos la jornada de hermanamiento que se ha vivido en el Santuario.

Que nuestro Cristo Yacente os premie.”

Una muestra de unión que hizo latir al unísono los corazones cofrades de Martos.

Y cuando los portones de la Iglesia de la Virgen de la Villa se abrieron, el silencio lo dijo todo: Cristo ha muerto. Su cuerpo, yacente, reposaba en una urna de cristal, herido, humillado, perdonado. Lo portaban los hombros de sus hermanos entre la oscuridad de la tarde y el murmullo del alma. Solo el roce de los faroles contra el suelo marcaba el compás de un pueblo que no necesitaba palabras, solo mirar… y rezar.

Las lágrimas se mezclaban con las oraciones en la Plazalota, donde cientos de marteños contemplaban la escena. Y tras Él, caminaban jóvenes de mirada firme y alma despierta, de la mano de San Juan Evangelista, símbolo de fidelidad y juventud. Este año, su imagen cumple 25 años entre nosotros. Por ello, los grupos jóvenes de otras cofradías se unieron en hermandad, recordando que el futuro de la fe está en sus pasos.

La Virgen de los Dolores cerraba el cortejo, con un palio que parecía suspirar con cada campanilla que lo tocaba el viento. Ataviada de negro profundo, pero con la mirada fija en el cielo, caminaba entre rezos y sollozos, sostenida por sus portadoras, mujeres de fe que, con cada paso, alzaban a una madre que busca a su Hijo. Las mantillas, compañeras del duelo, avanzaban junto a ella, entendiendo ese dolor tan humano como divino: el de una madre que ha perdido a su hijo.

La procesión recorrió las calles antiguas de Martos —La Villa, Franquera, Plaza de la Constitución, La Fuente, Las Huertas, Fuente del Baño, San Francisco—, en esta última se vivió uno de los momentos más intensos de la noche: la BCT Fe y Consuelo se unía para acompañar a San Juan hasta su encierro. Las tres formaciones musicales de Martos, tocando al unísono, hicieron historia, proclamando con cornetas y tambores que la fe une, y que en la cruz no hay rivalidades, solo hermandad.

El cortejo llegaba al Llanete tras pasar por la carrera oficial, con el cansancio reflejado en los rostros… pero con el alma llena. Y justo entonces, cuando la recogida se acercaba, el cielo no aguantó más y rompió a llorar. Una lluvia fina, delicada, comenzó a caer como si Dios mismo acariciara con ella a su Hijo y a su Madre. Nadie se movió. Los paraguas se abrieron, sí, pero los corazones se abrieron aún más.

Porque no era solo agua. Era llanto del cielo. Era bálsamo. Era despedida.

La cofradía se recogió entre aplausos silenciosos, lágrimas contenidas y una promesa no dicha: volveremos. Volveremos a caminar contigo, Cristo Yacente. Volveremos a llorar contigo, Madre de los Dolores. Volveremos cada Semana Santa a ser parte de este amor que no muere, de esta fe que sigue viva.

Martos no solo despidió a su Señor. Le juró fidelidad eterna.

📸 Fotografías: Fran Lorenzo