Como cada año, Martos volvió a vestirse de solemnidad y devoción con la salida procesional de la Virgen de la Villa. El desfile comenzó a las 18:00 horas desde la casa de los hermanos mayores, donde fueron recogidos por la comitiva de la cofradía al son solemne de la Agrupación Musical Maestro Soler. Juntos, emprendieron el camino hacia el santuario para realizar el último ejercicio del Triduo, antes de llevar la fe a las calles del pueblo.
Al concluir el Triduo, todo quedó dispuesto para la salida. Las calles del recorrido, poco a poco, se fueron llenando de fieles con velas encendidas, cada una como una plegaria alzada al cielo, alumbrando con amor el paso de su Virgen.
La Virgen de la Villa apareció majestuosa, vestida en un terciopelo verde esmeralda que se fundía con los tonos cálidos de la tarde. Nada más salir, fue llevada al mirador de la plazoleta, desde donde bendijo a todos aquellos que, por una u otra razón, no pudieron acompañarla en su día.
En su itinerario, la Virgen se detuvo frente a la puerta de San Amador, donde la esperaba la cofradía del patrón. Desde allí, siguió su recorrido largo, cruzando entre emociones la Fuente Nueva, entre aplausos, suspiros y miradas húmedas de emoción.
Ya de regreso al santuario, al llegar a las Trinitarias, repicaron las campanas en su honor. Y justo antes de entrar en la basílica, se volvió a asomar por última vez al mirador, regalando una estampa que quedará grabada en la retina y el alma de los marteños.
Como dicta la tradición, en la capilla de la Virgen del Carmen tuvo lugar el relevo de los hermanos mayores y el traspaso de enseres, en un acto lleno de simbolismo y compromiso. Una vez más, la fe salió a la calle: los nuevos hermanos mayores fueron acompañados hasta su hogar, poniendo el broche final a una jornada inolvidable con un espectáculo de fuegos artificiales que iluminó el cielo… como reflejo de todo lo que esa noche brilló en los corazones.





