Jueves Santo en Martos: cadenas, silencio y redención

Puntual como siempre, a las 23:00 de la noche del Jueves Santo, se abrían las puertas de la Real Parroquia de Santa Marta. A golpe de llamada, dos hermanos daban paso a uno de los momentos más sobrecogedores de la Semana Santa marteña: la salida del Cristo de la Fe y del Consuelo. Una salida a oscuras, en absoluto silencio, donde la Plaza de la Constitución rebosaba de cofrades, oraciones, lágrimas y emociones contenidas. Martos volvía a reencontrarse con su Cristo.

Antes de que el paso asomara, la noche se estremecía con la salida de los hermanos de luz. Vestidos con túnica y capirote negros, con cinturón de esparto del que colgaban borlas del mismo material, y calzando sandalias también de esparto, sin calcetines, sujetas por cintas de cuero. Llevaban guantes blancos, y como distintivo, la Cruz de Calatrava en rojo. En sus tobillos, cadenas como grilletes, que marcaban el ritmo con su sonido al avanzar por la calzada de piedra. Era el único eco que rompía el silencio sagrado de la noche marteña.

Esperaba también la Banda de la Fe y del Consuelo, perteneciente a la misma cofradía, dispuesta a entregar sus primeros sones en cuanto el Cristo pisara la calle. Y entonces apareció. Un imponente trono, iluminado tan solo por cuatro velas rojas en cada esquina, con un mantón rojo de claveles que hablaba sin palabras… Allí, colgado de la cruz, Cristo Crucificado y muerto.

Su imagen, cargada de simbolismo y fidelidad al canon clásico, reflejaba la rigidez cadavérica post-mortem: los brazos colgando del travesaño horizontal, las manos entreabiertas, la cabeza caída e inclinada a la derecha. Portaba una corona de cuerda, sin espinas, y su cuerpo estaba sujeto por tres clavos. Las cinco heridas eran visibles, con la llaga del costado en el lado derecho. El pie derecho descansaba sobre el izquierdo, y el sudario, tallado con sencillez, se anudaba al lado derecho, con un cordel sobre el bajo vientre. Los ojos casi cerrados, la boca entreabierta, el rostro de la Fe y del Consuelo.

En la plaza comenzaron a escucharse las primeras saetas. Las gargantas se quebraban al cantar al cielo, mientras el paso recorría las calles de Martos, firme, largo e imponente, hasta aproximadamente las 3:40 de la madrugada. Durante todo el trayecto, la Banda de tambores y cornetas Fe y Consuelo rompía el silencio con cada chicotá, que no era solo un movimiento del trono, sino una oración al cielo.

Porque esa noche, más que nunca, Martos vivía un Jueves Santo de profundo silencio, de oración, de recogimiento. Una noche que no solo representa la Pasión, sino que es y debe ser sinónimo de Perdón.

Uno de los momentos más emocionantes llega cuando los hermanos regresan al templo. Al alcanzar la entrada tras culminar la estación de penitencia, se arrodillan. Con sus velas encendidas, esperan de rodillas a que pase su Cristo. Es el instante del encierro, el cierre simbólico y emocional de una procesión que no solo recorre calles, sino también almas.

📸 Fotografías: Fran Lorenzo