La Cofradía de Oración y Amargura volvió a salir este Miércoles Santo con el peso de la tradición sobre sus hombros y la fe latiendo en cada rincón del pueblo. La plazoleta de San Amador fue el epicentro de una emoción contenida que explotó en aplausos y suspiros cuando, puntualmente, se abrieron las puertas y la cofradía comenzó su recorrido.
Los primeros rayos del atardecer bañaban de rojo y dorado las calles marteñas mientras el misterio de Jesús en el Huerto iniciaba su caminar. Majestuoso, imponente, acompañado del ángel que lo consuela en el Monte de los Olivos, el paso se adueñó del espacio con ese andar tan característico, robusto y solemne. Cada chicotá fue una declaración de poder y pasión, cada marcha un eco de historia y devoción que envolvía a todos los presentes.
Tras él, María Santísima de la Amargura apareció bajo su palio de terciopelo burdeos bordado en oro. Una joya en movimiento que caminó al compás de su Hijo, acompañada por los sones de la Asociación Músico-Cultural Pedro Lavirgen de Bujalance. Su paso, armonioso y delicado, completó una escena de fervor popular, rota en aplausos en cada maniobra, convertida en un binomio único de belleza y espiritualidad.
Martos fue testigo de una procesión donde el incienso, la música y el silencio se entrelazaron en una estampa que marcó estos días grandes de la Semana Santa. La calle se convirtió en altar y la fe en un hilo invisible que lo unía todo.
Pero la jornada, tan esperada, se tornó incierta al llegar a la carrera oficial. La lluvia, que no estaba prevista por los pronósticos meteorológicos, hizo acto de presencia. Una lluvia moderada, bendición del cielo en otros contextos, pero amarga en este, pues empañó ilusiones y causó preocupación en un momento tan delicado.
Desde entonces, las precipitaciones acompañaron hasta el encierro, obligando a la cofradía a un esfuerzo sobrehumano, sólo comprensible desde la fe. Porque sólo la fe puede explicar cómo se sostuvo la esperanza bajo el agua, cómo se sostuvo el paso, cómo se sostuvo el alma.
A la llegada, rostros empapados de lluvia y emoción: lágrimas de alegría por haberlo conseguido, y también de tristeza por una experiencia que fue, sin duda, “amarga”. Un Miércoles Santo que comenzó con gloria y terminó en lucha, marcado para siempre en la memoria colectiva de un pueblo que nunca deja sola a su cofradía.
📸 Fotografías: Fran Lorenzo





