Hoy me vais a permitir que os escriba como se hacía antes, sin prisa, como si esto fuera una carta de las de toda la vida. Porque se cumple un año de aquel 28 de abril de 2025 y, no sé por qué, llevo todo el día acordándome de pequeños detalles que en su momento pasaron casi sin importancia, pero que ahora tienen otro sabor.
Aquel día me pilló en la calle, como a tantos. No hacía nada especial, la verdad. Era una mañana normal, de las que se repiten sin que les prestemos mucha atención. Y de pronto, empezó ese runrún… algo que no sabías explicar pero que notabas. Una tienda a oscuras, otra con la gente saliendo a la puerta, alguien que decía “oye, ¿se ha ido la luz?”. Y claro, ya empezó la cadena.
Recuerdo perfectamente esa sensación de mirarnos unos a otros buscando respuesta, como si el vecino fuera a saber más que tú. “En mi casa tampoco hay”, “esto no es normal”, “¿será de aquí nada más?”. Y así, casi sin darnos cuenta, nos fuimos quedando en la calle más tiempo del que tocaba.
Lo curioso es que, pasado ese primer momento de desconcierto, nadie tenía prisa. Porque, ¿prisa para qué? Si no funcionaba casi nada. Y ahí fue cuando empezó algo que a mí, con el paso del tiempo, es lo que más me gusta recordar: volvimos a hablar. Pero a hablar de verdad.
No el saludo rápido de siempre, no el “¿qué tal?” sin pararse. No. Aquella mañana nos quedábamos un rato más. Comentábamos, preguntábamos, escuchábamos. Gente que se ve todos los días pero que casi no se detiene, aquel día se paró.
Y así, sin darnos cuenta, la mañana fue avanzando. El reloj iba, pero parecía que más lento. Los móviles fallaban, internet iba y venía, y al final terminabas guardándolo en el bolsillo y tirando de lo que había: la conversación, la compañía, el estar.
Cuando la cosa ya se alargaba, empezamos a entender que aquello no era un simple corte. Que era algo más grande. Y aun así, no recuerdo nervios en exceso aquí, más bien una especie de calma rara, como de aceptar que no podíamos hacer mucho más que esperar… y mientras tanto, estar.
Poco a poco se nos echó la tarde encima, casi sin darnos cuenta. Y ahí sí que cambió el ambiente, pero para algo que a mí me sorprendió. En vez de vaciarse las calles, se llenaron más. Pero no de ruido ni de prisas, sino de gente.
Los bares hicieron lo que pudieron, algunos sacaron lo que tenían antes de que se echara a perder, otros simplemente abrieron para que la gente se arrimara. Había quien compartía, quien invitaba, quien preguntaba si hacía falta algo. Ese tipo de cosas que no salen en las noticias, pero que pasan.
Los niños iban a lo suyo, felices, corriendo, jugando como si fuera un día de feria. Y nosotros, los que ya peinamos canas, nos mirábamos con esa media sonrisa de “esto me suena”. No era nostalgia triste, era más bien recordar sin querer.
Y entonces apareció la radio, que para muchos fue como reencontrarse con una vieja amiga. Más de uno rebuscó en cajones hasta dar con un transistor. Yo lo hice. Y allí, escuchando en voz baja, como antes, nos enterábamos de lo que estaba pasando. Pero casi era más importante el momento que la noticia.
Y así, entre una cosa y otra, llegó la noche. Pero no llegó de golpe, no. Fue entrando poco a poco, como todo aquel día. Y cuando ya fue cerrada… nos dimos cuenta de lo que era una noche de verdad.
Sin farolas, sin luces de escaparates, sin ese brillo constante que ya ni notamos. Una oscuridad limpia, tranquila. Y lejos de meterse cada uno en su casa, mucha gente se quedó fuera. En las puertas, en las aceras, sacando una silla, alargando la conversación.
Se escuchaban las voces más claras, las risas más cerca, hasta el silencio tenía su sitio. Y el cielo… el cielo se veía como hacía mucho tiempo. Más lleno, más bonito, más de verdad.
No quiero engañar a nadie. Hubo momentos complicados, gente preocupada, negocios que lo pasaron mal. Eso también forma parte de aquel día y no se puede olvidar.
Pero si hoy, un año después, tengo que quedarme con algo, me quedo con lo otro. Con ese parón que no elegimos, pero que nos juntó. Con el hablar sin mirar el reloj. Con el darnos cuenta de que, sin tantas cosas, también sabíamos estar.
Por eso hoy escribo esto, paisanos. Porque a veces hace falta que pase algo así para recordarnos cómo éramos… y que, en el fondo, seguimos siendo.
Un abrazo grande.
Autor: José Manuel M.
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